El dinosaurio llegó, como de costumbre, esperando que su ferocidad y sus dimensiones, pero ante todo, su incapacidad de responder más allá de sus propios impulsos, tuviesen el efecto que siempre había tenido... es decir, esperaba a un grupo de personas temblorosas, agachadas, muertas de miedo...
Y lo que encontró, fue un grupo de personas indignadas, quienes se nutren entre todas de la energía que genera la indignación colectiva.
Estaban dispuestas a preguntar, a interpelar, a hacer preguntas que al dinosaurio le resultaron incómodas.
Se dio cuenta que ya no le tenían miedo, le exigían que rindiera cuentas, que hablara con claridad.
No bastaron los videos, las explicaciones,
No funcionaron las evasivas,
Nadie bajó los ojos,
Nadie tembló de miedo,
Y al dinosaurio, protegido por la distancia y el templete,
de pronto se le puso a funcionar otra parte del cerebro... la que corresponde a las emociones...
Supo entonces lo que es sentirse impotente, y cercado.
Y dijo "ya me cansé" porque no pudo decir otra cosa...
Los otros dinosaurios, ni siquiera se han atrevido a presentarse,
saben que su destino será semejante... sentirán impotencia, incapacidad,
sabrán algo sobre el miedo,
Tarde o temprano, tendremos que evolucionar, y algún día tal vez, llegaremos a otro nivel,
al de la empatía y la solidaridad,
a aquél que auténticamente nos lleva a mirarnos como seres humanos...
Tal vez entonces nos podremos de acuerdo,
nos cuidaremos unos a otros, y cuidaremos a quienes no pueden cuidarse por sí mismos.
Hoy solo podemos reconocer que es un proceso inevitable, y que el cansancio no es pretexto para remontar hacia un mejor horizonte.
O qué, ¿nos vamos a quedar contemplando la barbarie?
domingo, 9 de noviembre de 2014
miércoles, 8 de octubre de 2014
Memorial
Un día, llegó la mujer a la plaza exigiendo saber sobre el destino de su hijo... y pocos hicieron eco a su indignación, menos interpretamos los presagios.
Primero fueron los cuerpos de las mujeres en el Campo Algodonero,
los huesos en el desierto sin nombre, sin rostro...
Al mismo tiempo, los sexoservidores en las esquinas de Tuxtla,
Después, los muertos de Acteal y aquéllos a quienes llevaron presos en el intento de mostrar que habría una justicia, que no llega.
Luego, los jóvenes en el tumulto del antro,
el otro grupo que fue arrancado del "after" y se diluyó en las sombras
Los 72 de San Fernando,
Los 49 niños del ABC,
Los 16 de Salvarcar,
Los 2 del Tec,
El hijo del empresario, el del poeta, la hijas que no regresaron a casa,
El profesor ejecutado en el microbús, muerte sin respuesta,
Marisela, caída frente a los símbolos del "legítimo poder del Estado",
El otro profesor encarcelado diez años por algo que no hizo, y groseramente indultado sin culpa,
Las mujeres presas por "secuestrar" policías,
El líder de la comunidad que se negó a pagar un chantaje e hizo pública su postura, levantado y asesinado por exigir que el Estado cumpliera con su responsabilidad,
El ranchero que entregó hasta el último suspiro en la resistencia,
Los periodistas, que ejercen el oficio de mayor riesgo en este país.
La innumerables víctimas de discriminación, muriendo o dando a luz frente a las instalaciones médicas, sin el menor reconocimiento a su dignidad,
Los niños de nadie, expulsados de su entorno que terminan muriendo en la calle, sin nombre, sin historia, sin nada,
Los niños de alguien, maltratados, ninguneados, minimizados,
Hoy, 22 en Tlatlaya y, ¿cuántos más en Iguala?
Nos hace falta sentir vergüenza, porque todos ellos son responsabilidad de un "nosotros", que nos hacemos llamar "ciudadanos",
Nos hace falta sentir indignación, porque la libertad de todos y cada uno se convierte en una restricción en la medida en que nos muestran que no podemos elegir un destino común que represente bienestar para todos,
Por eso, no podemos dejarlos al olvido, hay que hacerlos presentes
Llenar la plaza con sus fotografías, mirando fijamente a los símbolos del poder, para interpelarlos en silencio, para rebasar el límite de su indiferencia y su cinismo,
La memoria es nuestra obligación ... recordarlos todos y cada uno de los días que faltan, para que
como lo dijo otra Rosario en ese 68,
La Justicia termine finalmente sentándose entre nosotros...
8 de octubre de 2014
Sabemos que la indignación y la esperanza que traen la reparación finalmente llegan,
aquélla abuela esperó 37 años para abrazar a su nieto...
miércoles, 3 de septiembre de 2014
El derecho a equivocarse
Creo que en la "gran familia mexicana" no hay peor cosa para un hijo que ser desobediente... y no importa la edad, la desobediencia es el origen de infinidad de historias y tragedias, reales o ficticias, en donde la imposición y la emoción se pasan por encima del diálogo. "Las cosas tienen que hacerse como yo digo, y si no, entonces están mal".
Pero, si bien no está consagrado en alguna declaración, pienso que a la larga uno tiene el sagrado derecho de equivocarse y el deber de rectificar... no hay de otra; en la vida no siempre nos manejamos con aciertos, y a veces aprendemos mejor cuando las cosas no suceden conforme lo imaginamos.
Pero ¿qué hay de ese patológico temor de los padres a que los hijos se equivoquen? o más ¿qué sucede con ese enojo que surge cuando el "consejo", la "advertencia" o lo que sea no es escuchado?... ¿qué hay cuando uno quiere defenderse y argumentar una posición contraria con base en el derecho a estar equivocado?
Uno de los aprendizajes más difíciles que he tenido es aprender que los hijos no son como uno quiere, y que por más que digas o muestres, tienen derecho a aprender equivocándose. Uno como padre tiene que confiar en que educó hijos inteligentes, tiene que hacerse responsable de dejarlos tomar decisiones y que se hagan responsables de las consecuencias... pero ¿cómo carajos nos quitamos el miedo? ¿o el desencanto?
La libertad es esencia de lo representa ser humano... ser libre es saber que uno tiene la posibilidad de equivocarse, y también de elegir qué hacer ante las consecuencias.
domingo, 31 de agosto de 2014
Retomar el rumbo
¿Cuánto cuesta acometer y lograr una empresa difícil?
Cuesta lo que abandonas: la casa, el jardín, el cuerpo, a los demás.
Lo había
experimentado a nivel micro, el desorden doméstico
compuesto por el polvo, la ropa limpia sin doblar, los calcetines perdidos...
pero hasta ahora caigo en la cuenta que hubo otro abandono, a pesar que
consideré
por momentos que no era tal, lo justifiqué pensando que "ya era tiempo de romper la dependencia"
sin darme cuenta que la autonomía no se consigue
con el abandono.
En estos dos años,
me doy cuenta, mi hija se convirtió en una pequeña salvaje, berrinchuda, enojada, rebelde. Sé que ella no es así, que si insistes
lo suficiente consigues que coopere... me doy cuenta que no está del todo lista, que faltan hábitos
de cuidado, que tiene resistencias por superar, y que es tarea que a sus padres
nos corresponde... ponerle atención... darse tiempo.
Para mí no es fácil vivir dos vidas, coordinar horarios, vencer la resistencia,
enfocarme en aquí
y ahora, cambiar de cachucha dependiendo de dónde estoy... pero no se puede soltar de golpe aquello que todavía no tiene suficiente refuerzo... hay que aflojar poco a poco.
Me cumplí aquello por lo que regresé a vivir en esta ciudad, y dejarlo atrás
significa pensar para adelante... quiero más
en esta carrera, pero tengo que atender, de nueva cuenta, lo que es importante.
Enfocarme en dos vidas, repartirme entre
dos, hasta que me dé cuenta que me soltó y que puede caminar sola.
En este momento es lo más evidente, sé que hay otras cosas, y que si bien no puede uno volver sobre sus
pasos, puede hacer el mejor esfuerzo por enderezar lo que sigue para adelante.
También buscar y entender que solo saliendo de la zona de confort puedes
transformar la vida, hacerla más tuya y darle valor a aquéllo que consigues por esfuerzo
propio.
miércoles, 20 de agosto de 2014
martes, 5 de agosto de 2014
viernes, 18 de julio de 2014
Miscelanea "Coyoacán"
Una de las mejores cosas que me ha pasado en los últimos dos años es la invitación de mi amiga Martha a impartir cursos en la dependencia gubernamental para la que trabaja, en pleno Miguel Ángel de Quevedo, a unas cinco cuadras del lugar en el que se ubica la casa que un día fué de mis abuelos maternos.
Y digo que es una de las mejores experiencias por la variedad de ángulos, la del trabajo, no la voy a considerar en este momento... otro ángulo es hacer el viaje hasta Miguel Ángel de Quevedo, casi esquina con Pacífico, y regresar al cuadrante en el que nací y viví por catorce años.
Las esquinas
En esa casa, a una cuadra de Miguel Ángel de Quevedo, mi abuelo tenía una biblioteca personal, donde solía recluirme en las temporadas de vacaciones, delegando el liderazgo de la tropa de hermanos y agregados a mi hermana. Allí descubrí una recopilación de cartones de Abel Quezada, caricaturista fundamental del Excélsior de Julio Scherer.
En una serie de cartones, trataba de uno de sus viajes a Nueva York, señalando que la primera vez que llegó a la ciudad, estaba tan emocionado que le daban ganas de pararse en las esquinas para aplaudirle a los neoyorkinos por el simple hecho de vivir allí.
Me acordé de esto, porque es la misma sensación que me da regresar al cuadrante entre las colonias Rosedal, Parque San Andrés y Centro en Coyoacán... quisiera aplaudirles a los que vivien allí, quizá porque no por lo dejé, sino por lo que me gustaría que sucediera... me gustaría en un momento dado regresar a vivir allí, retomar el estilo de nativo que me ha acompañado siempre, al menos en algunas intenciones.
Los árboles
Es impresionante la manera en que han crecido los árboles desde que nos mudamos de casa, Miguel Ángel de Quevedo sigue igual, pero División del Norte, el Eje Central desde Río Churubusco hasta el Viaducto, son espacios que recuerdo raquíticos de árboles, y que hoy por hoy son espacios totalmente verdes, tanto así que las referencias del mapa que tengo grabado desde hace más de treinta años, de pronto se desdibujan ante la renovación del paisaje.
Estas ruinas que ves
El regreso al otro lado de la ciudad, desde Coyoacán o Tlalpan, regularmente lo hago evitando el Periférico; me fastidia profundamente el tramo entre Chapultepec y el Toreo a las seis de la tarde. Por lo tanto, busco opciones.
Ayer intenté la ruta por el Eje Central... y como digo, los árboles que se han quedado allí por más de treinta años me desubicaron. De pronto, paso frente al edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (¿sigue siendo? nadie le ha quitado el letrero y hay luces prendidas), una "víctima" del terremoto del 85.
Lo sobrecogedor del edificio no es que siga en pie, sino la pobre imagen que presenta; el edificio se restauró en lugar de derribarse, quien sabe porqué motivos (¿amor al arte? ¿los murales?), de todas maneras, hay cicatrices que con el paso del tiempo no pueden ocultarse... o tal vez sea porque de manera simbólica, el edificio refleja muy bien el estado de las comunicaciones y los transportes en este país.
Lo que puede decir es que la vista no fue grata, o que a lo mejor yo tengo una perspectiva distorsionada, lo miré desde el pasado y encontré que la cirugía reconstructiva no fue tan exitosa; definitivamente lo vi medio chueco, algo agrietado y no precisamente calificando como "el mejor espacio para trabajar" en estos días (la foto es del 85).
El viejito
Ayer me estacioné en el Superama que se ubica sobre la calle de Pacífico, y de pronto me fijo en un señor de edad que viene empujando su carrito del súper acompañado por el vigilante del estacionamiento. Lo veo y me digo "que guapo se ve ese señor, ojalá que me tocara conocer a alguno que se vea así cuando llegue a la edad que aparenta ese señor (pensé como 70)"... y escucho al viejito darle su nombre al vigilante: "José Alonso".
¿Ya ven porqué me gusta Coyoacán? Hasta viven algunos viejitos guapos (66 años) que se llaman José Alonso... y que para ser franca ya debería estar promoviendo sus secretos para que algunos de 50 se apliquen a verse guapos cuando lleguen a la edad del sr. Alonso, porque lo que sea de cada quien, algunos de mi generación ya se ven mucho más desgastaditos (con todo respeto) que el sr. en cuestión.
Insisto... si ya por lo añeja me toca toparme con uno de mi misma rodada, o más... pues que sea uno que se vea así (capaz de ir al súper por sus propios medios y no muy achacoso, plis).
Y digo que es una de las mejores experiencias por la variedad de ángulos, la del trabajo, no la voy a considerar en este momento... otro ángulo es hacer el viaje hasta Miguel Ángel de Quevedo, casi esquina con Pacífico, y regresar al cuadrante en el que nací y viví por catorce años.
Las esquinas
En esa casa, a una cuadra de Miguel Ángel de Quevedo, mi abuelo tenía una biblioteca personal, donde solía recluirme en las temporadas de vacaciones, delegando el liderazgo de la tropa de hermanos y agregados a mi hermana. Allí descubrí una recopilación de cartones de Abel Quezada, caricaturista fundamental del Excélsior de Julio Scherer.
En una serie de cartones, trataba de uno de sus viajes a Nueva York, señalando que la primera vez que llegó a la ciudad, estaba tan emocionado que le daban ganas de pararse en las esquinas para aplaudirle a los neoyorkinos por el simple hecho de vivir allí.
Me acordé de esto, porque es la misma sensación que me da regresar al cuadrante entre las colonias Rosedal, Parque San Andrés y Centro en Coyoacán... quisiera aplaudirles a los que vivien allí, quizá porque no por lo dejé, sino por lo que me gustaría que sucediera... me gustaría en un momento dado regresar a vivir allí, retomar el estilo de nativo que me ha acompañado siempre, al menos en algunas intenciones.
Los árboles
Es impresionante la manera en que han crecido los árboles desde que nos mudamos de casa, Miguel Ángel de Quevedo sigue igual, pero División del Norte, el Eje Central desde Río Churubusco hasta el Viaducto, son espacios que recuerdo raquíticos de árboles, y que hoy por hoy son espacios totalmente verdes, tanto así que las referencias del mapa que tengo grabado desde hace más de treinta años, de pronto se desdibujan ante la renovación del paisaje.
Estas ruinas que ves
El regreso al otro lado de la ciudad, desde Coyoacán o Tlalpan, regularmente lo hago evitando el Periférico; me fastidia profundamente el tramo entre Chapultepec y el Toreo a las seis de la tarde. Por lo tanto, busco opciones.
Ayer intenté la ruta por el Eje Central... y como digo, los árboles que se han quedado allí por más de treinta años me desubicaron. De pronto, paso frente al edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (¿sigue siendo? nadie le ha quitado el letrero y hay luces prendidas), una "víctima" del terremoto del 85.
Lo sobrecogedor del edificio no es que siga en pie, sino la pobre imagen que presenta; el edificio se restauró en lugar de derribarse, quien sabe porqué motivos (¿amor al arte? ¿los murales?), de todas maneras, hay cicatrices que con el paso del tiempo no pueden ocultarse... o tal vez sea porque de manera simbólica, el edificio refleja muy bien el estado de las comunicaciones y los transportes en este país.
Lo que puede decir es que la vista no fue grata, o que a lo mejor yo tengo una perspectiva distorsionada, lo miré desde el pasado y encontré que la cirugía reconstructiva no fue tan exitosa; definitivamente lo vi medio chueco, algo agrietado y no precisamente calificando como "el mejor espacio para trabajar" en estos días (la foto es del 85).
El viejito
Ayer me estacioné en el Superama que se ubica sobre la calle de Pacífico, y de pronto me fijo en un señor de edad que viene empujando su carrito del súper acompañado por el vigilante del estacionamiento. Lo veo y me digo "que guapo se ve ese señor, ojalá que me tocara conocer a alguno que se vea así cuando llegue a la edad que aparenta ese señor (pensé como 70)"... y escucho al viejito darle su nombre al vigilante: "José Alonso".
¿Ya ven porqué me gusta Coyoacán? Hasta viven algunos viejitos guapos (66 años) que se llaman José Alonso... y que para ser franca ya debería estar promoviendo sus secretos para que algunos de 50 se apliquen a verse guapos cuando lleguen a la edad del sr. Alonso, porque lo que sea de cada quien, algunos de mi generación ya se ven mucho más desgastaditos (con todo respeto) que el sr. en cuestión.
Insisto... si ya por lo añeja me toca toparme con uno de mi misma rodada, o más... pues que sea uno que se vea así (capaz de ir al súper por sus propios medios y no muy achacoso, plis).
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